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El cacao venezolano me robó el corazón.

Por Yasemín Tovar | By Yas Magazine

Hay un olor que me detiene en seco cada vez que lo encuentro.

No importa si voy apurada, si tengo mil cosas en la cabeza o si el día ha sido largo. Cuando paso cerca de algún lugar que despida olor a chocolate, acogedor, con mesitas al aire libre y gente sentada degustando en silencio —algo dentro de mí se para. Respiro profundo. Y por unos segundos, el mundo desaparece.

Ese olor a cacao tostado, a chocolate que se derrite lentamente, es para mí una de las experiencias sensoriales más poderosas que existen. Y durante mucho tiempo no entendía bien por qué me afectaba tanto. Hasta que leí a Sumito Estévez.

Cuando un chef te dice lo que ya sentías, pero no sabías expresar.

Sumito Estévez es uno de esos cocineros venezolanos que no solo cocina: piensa, cuestiona y provoca. En uno de sus artículos sobre el chocolate venezolano, escribió algo que me quedó grabado: que los venezolanos decimos con orgullo que tenemos uno de los mejores cacaos del mundo, pero que tenerlo no es nuestro mérito. Que ese tesoro nos fue dado por la biodiversidad, plantado en tierra bendita. Y que nuestra verdadera responsabilidad es hacer algo con él.

Esa idea me golpeó fuerte.

Porque es verdad. Venezuela tiene uno de los cacaos más finos y aromáticos del planeta —el cacao criollo, considerado por muchos expertos como el más complejo y delicado del mundo. Pero durante décadas lo hemos exportado en semilla, dejando que otros países lo transformen, lo conviertan en chocolate de exportación y se lleven el mayor valor.

Sumito lo dijo con una claridad brutal: el minero con conciencia rentista vende semillas de cacao. El que quiere hacer patria, hace y vende chocolate.

Lo que imaginé al leerlo

Cuando llegué a esa parte del artículo, cerré los ojos por un momento.

Me imaginé en un campo de cacao venezolano, con las manos tocando las vainas maduras —esas que van del amarillo al naranja intenso cuando están listas. Me imaginé seleccionando las semillas, dejándolas fermentar, secándolas al sol, tostándolas hasta que ese aroma que tanto me paraliza comenzara a llenar el aire. Triturándolas, moliéndolas, llevándolas a moldes.

Imagino mi nombre en alguna etiqueta.

Es un sueño que llevo tiempo cargando en silencio: crear mi propio chocolate. Con mi sello, mi diseño, mi marca. Un chocolate hecho con cacao venezolano, preparado con las manos y el corazón de una venezolana que lo ama desde siempre. Distribuido, degustado y, un día, exportado al mundo.

Lo que hace único al cacao venezolano

No es casualidad que el chocolate más fino del mundo lleve cacao de Venezuela.

El cacao criollo venezolano, cultivado principalmente en las regiones de Barlovento, Sur del Lago y Chuao, tiene características que lo hacen prácticamente irrepetible: notas florales, frutales y especiadas que ningún otro cacao del mundo replica exactamente igual. El clima, el suelo y la tradición de quienes lo cultivan desde hace siglos crean una combinación única.

Algunas cosas que vale la pena saber sobre el chocolate y el cacao:

El chocolate no debe superar los 60 °C; a partir de esa temperatura, sus aromas comienzan a degradarse. Cuando la etiqueta de un chocolate dice 73% cacao, se refiere a la suma de sólidos de la semilla y manteca de cacao. Y sus propiedades beneficiosas para la salud son cada vez más respaldadas por la ciencia —siempre que se prefieran los chocolates con alta concentración de cacao para reducir el azúcar.

Un sueño que se construye poco a poco

Hoy no tengo todavía mi fábrica de chocolate, ni los clientes que imagino, tampoco colaboradores, ni las cajas listas para exportar.

Pero tengo algo que ninguna fábrica puede fabricar: la pasión de quien ha amado esto toda la vida, la formación de quien estudió cómo proyectar la gastronomía venezolana al mundo y el cuaderno amarillo lleno de recetas que esperan ser compartidas.

Y tengo muy claro que ese olor que me detiene en seco cada vez que paso por una chocolatería no es casualidad. Es una brújula.

Sumito Estévez dijo que romper el paradigma de vender solo semillas es romper con la esclavitud. Yo creo que también es una forma de amor —amor por Venezuela, por su tierra, por todo lo que somos capaces de crear cuando decidimos hacer patria con las manos.

Mi chocolate llegará. Y cuando llegue, sabrá a Venezuela.

¿Tú también sientes esa conexión especial con el cacao o el chocolate venezolano? Cuéntame en los comentarios. 🍫

Nota de la autora:

Este artículo fue inspirado en el ensayo “Chocolate venezolano” del chef Sumito Estévez, publicado en la revista Estampas. Los consejos sobre el chocolate fueron tomados de la misma publicación. Todas las reflexiones personales y el sueño de crear chocolate propio son completamente míos. 💛

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